El Lacrivio

…Me he entregado al presente texto, más por ser oído de papel que por otra cosa. Mas al fin y al cabo es de papel, papel que corta y hiere tanto como una no muy eficiente espada.

Suelo…, más bien… siempre combinar el escribir con observar las entrelazadas bestias del pasado que se enredan en mi cabeza. Las dos actividades, fluyen, y fluyen conmigo. Fluyen juntas como dos ríos que convergen para hacer uno solo, uno más grande que pueda llegar cerca del mar o con mucha de suerte, desembocar en él. Mas este río se diferencia de los demás por ser salado y que el mar en el que habría de acabar es un mar rojo de viscoso fluido que en vez de espuma tiene tintas y en lugar de arena tiene papiros en sus playas. Sin éxito… siempre sin éxito, a veces pareciera que jamás encontrará ese mar. Que jamás encontrarem…

Ese río… ese río que quiere llegar al mar. Para llegar y desaparecer. Ese río que nunca encuentra un mar y aumenta su caudal más y más a medida que sufre las lluvias y lo azotan las tormentas saladas.

Ese río con fondo impermeable y en medio de un desierto de sal que lo satura la solubilidad del mismo, ya tan aumentada por el calor que el intenso sol capricorniano le induce. El agua de ese lacrivio del que hablo, es imbebible, no hay mar, río, ría, lago u océano que se le compare en cuanto a lo salado de sus aguas. Y supongo yo que tampoco debajo de la tierra lo debe haber. Es la combinación de este interminable desierto, sus tormentas y el intenso calor, lo que produce este inigualable proceso de disolución.

En este lacrivio, es mucha la gente que se acerca a pescar, y revuelve sus aguas buscando algo que arrebatarle. Gracias a nuestra astucia es por lo que pocos a han logrado de hacerse de algo de estas agua, lo último que pudieron quitarnos fue unas municiones, mas sin nuestro accionante jamás lograron ni lograrán nada con ellas, lo cual, nos alegra.

Mi río a veces ha convergido con otros lo que ha ayudado a reducir su caudal, pero a las primeras lluvias y una tormenta de sal haría que volviera a ser el de siempre, si no es que se pone aún más caudaloso. Más salado jamás, sus aguas siempre están al límite de su solubilidad como ya lo he explicado.

Lo que realmente el río y yo solíamos añorar era que un día no lloviera nunca más, sé sin duda que los extremadamente enormes y laberinticos desiertos de sal siempre existirán, pero la lluvia puede ser que no. La lluvia a veces está, otras veces no. Lo que pensábamos nosotros, que pacificaría al río y a mí sería como ya afirmé que dejara de llover.

Éste, era nuestro deseo, hasta que un día el río se dio cuenta de que aún sin llover habrían aguas de deshielo mientras nubes hubiesen, aunque a mis ojos nunca volviesen a caer gotas mirando al cielo.

Fue entonces cuando comenzamos a mirar con recelo a las nubes, culpables de nuestros martirios. Por llover para nosotros ser, pero no llover lo suficiente para al mar llegar.

-¡Esta tormenta no parece acabar más! ¡¿Todo correcto par?!¿Par? ¡¿Par?! ¡Pa…! Par…

Siempre hemos estado juntos este río y yo. Él fluyendo y yo en él nadando. Desde que el momento en el que mi memoria me lo permite siempre ha sido así. ¡Cuánto yo he aprendido de este río! Siempre hemos hablado del castigo de la lluvia y de nuestro deseo de llegar al mar, sin embargo hay otro deseo del que nunca le he hablado. Ruego por el día en el que este río desaparezca, dejándome solo al fin, a pesar de lo tanto que nos hemos llegado a comprender. Y es de lo siguiente de lo que nunca le he comentado; Si no puede desaparecer que al menos, pueda gozar yo de ahogarme en mi par. Que la lacrivio tenga la fuerza de ahogarme al fin, sin quererlo. Y que finalmente al consumirme, en su fondo yo, pueda descansar. Lo único que todavía me detiene es mi humanidad. Y no estoy tan seguro, porque talvez es eso lo que en realidad me acerca más…


Lacrivio: Río salado cuya propiedad de ser salado se debe por efectos no producidos ajenos al mar, u al océano. Del latín «lacrimae» (lagrimas) y «fluvium» (río).


Tomás Emilio Sánchez Valdés (Buenos Aires, Argentina 1999) es prosista, poeta y estudiante de química, cursa en el programa Entropía de la UTN. Formó parte del Taller Literario del Centro Cultural del Barrio Cardenal Santiago Copello desde marzo del 2016 al 2018. Ganador del premio IndustriaFicción con Clock, se define como lector de Franz Kafka, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Jack London y Roberto Arlt. Ha publicado cuentos y relatos en revistas argentinas como Extrañas NochesEscrituras CopelloHabitantes y Sábado, en México en Littengeineer y Primera Página; actualmente es colaborador en las españolas Siembra y La Voz Libre del Carrión.

TomasEmilioSanchezValdes@outlook.com

RSS
Follow by Email
Facebook
Facebook
Instagram
LinkedIn